Ciclos kármicos: el arte de saber morir

Ciclos kármicos: el arte de saber morir

24/03/2018 4 Por Sara

Desde hace ya años viene interesándome el tema de los ciclos kármicos o ciclos evolutivos del ser humano. La psicología ha estudiado en profundidad los procesos mentales que se constituyen a lo largo de la niñez y de la pubertad. Sin embargo, poco se ha hablado acerca de los mecanismos psicológicos relativos a la adultez.

En base a la astrología, la vida se divide en varios ciclos de siete años aproximadamente. Estos ciclos no responden únicamente a planteamientos socioculturales, sino que encajan a la perfección con los ciclos planetarios y con lo que éstos simbolizan en la carta astral de cada uno de nosotros.

Obviamente, no es igual vivir cierta experiencia con 4 años, que teniendo 34. Cada uno de nosotros tenemos nuestro propio ritmo de maduración y evolución. Sin embargo, para aquellos cuyo ritmo es demasiado lento, debo darles una mala noticia. Cada ciclo kármico tiene unas metas y objetivos concretos. Si no se completan, la persona cargará inevitablemente con todos los desafíos incompletos de etapas anteriores. La vida nos fuerza a evolucionar, queramos o no, pues jamás se detiene. De nosotros depende esforzarnos para “completar” satisfactoriamente cada ciclo, o bloquearnos y fracasar.

 

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 Nota: no voy a profundizar en las concepciones astrológicas de cada ciclo, ni por qué la astrología kármica determina del modo en que lo hace cada ciclo evolutivo. Esto se debe a que el lector necesita un conocimiento bastante completo de los tránsitos astrológicos. Se tratará con mayor profundidad en los artículos astrológicos que están programados en la web.

 

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El nacimiento: el amanecer de los ciclos kármicos

 

Ciclos kármicos: el nacimiento

Ciclos kármicos: el nacimiento

 

Sin duda, nacer representa el mayor trauma posible en esta vida, mucho mayor que la muerte. De hecho, es interesante tener este dato en cuenta, pues todas las crisis de la vida son una nimiedad comparadas con el nacimiento. Por ello, la mente consciente rápidamente se esfuerza en desterrar la experiencia del nacimiento.

El alumbramiento del bebé no sólo es una experiencia dolorosa para el bebé, sino también para la madre y el padre.

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El niño y sus padres según los ciclos kármicos

Los sentimientos, pensamientos y circunstancias que vivieron ambos padres tanto en el encuentro sexual, como en los nueve meses de embarazo, quedan plasmados en la carta astral del bebé. El Sol simboliza al padre, y la Luna a la madre. A medida que crecemos, el Sol pasa a encarnar nuestra fuerza. La Luna, por su parte, pasa a representar la dependencia familiar y las emociones.

Se puede entender rápidamente parte del karma de una persona a través de las impresiones de sus padres en la carta astral, es decir, a través de su Sol y su Luna. Gran parte del karma brota en el momento del nacimiento.

Lamentablemente, la mayor parte de padres desconocen esta enseñanza. Todo aquello que vivieron los padres durante la concepción y el embarazo queda registrado subconscientemente en la mente del niño, convirtiéndose en una realidad que deben afrontar y con la que deben convivir. Interesante, ¿no?

 

 

Desde el nacimiento hasta los siete años (0-7): Emerge la herencia kármica

 

Ciclos kármicos: niñez

Ciclos kármicos: niñez

 

En este ciclo kármico, la psique del niño comienza a estructurarse. También se forman las estructuras básicas de su cuerpo a través de su herencia genética, sociocultural, ambiental, etc. El niño aprende a relacionarse con el medio, a comer, a andar, a hablar… a vivir, en base a la Ley del Universo.

El niño registra el mundo como si sólo él existiera. Cuando comienza a registrar a los demás, se abre la puerta del crecimiento armónico (aunque desapegarse de la idea de que “somos el centro del Universo” trae muchas tensiones).

Absolutamente todo lo que ocurre en este periodo queda almacenado en el inconsciente. Estas experiencias determinarán su personalidad, sus características y su postura ante la vida. El niño, por lo general, deberá esperar hasta la edad adulta para poder cambiar y transformar sus actitudes.

Hasta los tres años, el niño se cree uno con su madre. A partir de los cinco años, el niño se funde con su padre. Todo lo acontecido negativamente al individuo hasta los siete años aproximadamente, habla de sus padres: cuánto enferma, cómo se comporta, sus miedos, sus relaciones… El niño es un espejo de sus padres y, desgraciadamente, registra todas y cada una de las faltas de respeto, el rechazo, la falta de amor y sufrimiento de sus padres. Estas experiencias inhibirán y bloquearán la capacidad de amar del niño.

 

 

De los siete a los catorce años (7-14): La pubertad

 

Ciclos kármicos: pubertad

Ciclos kármicos: pubertad

 

El niño comienza a observarse a sí mismo como una entidad ajena a las de sus padres. Muchos conflictos que tienen en este ciclo kármico se ocasionan porque los padres se niegan a permitir al niño que crezca y madure como una entidad separada de ellos. Idealmente, todos deberíamos ser desapegados emocionalmente de nuestros padres a los 16 años.

Esta etapa se caracteriza por el crecimiento corporal y mental. El ego comienza a engrosarse. Encontramos en este ciclo una gran crisis, pues el niño experimenta una transformación en su cuerpo. Algunas niñas rechazan sus cuerpos a medida que crecen y llega la menstruación. En otras culturas, este rechazo y fobia es menor pues las niñas cuentan con algún ritual de transición hacia la adultez.

La energía sexual comienza a brotar, activando la energía de Kundalini en el primer chakra. Este ciclo nos habla de alguna confrontación con el padre y la autoridad. Tanto el niño como el padre tienen mucho que aprender de esta época.

 

 

De los catorce a los veintiún años (14-21): Maduración mental y emocional

 

Ciclos kármicos: juventud

Ciclos kármicos: juventud

 

Este ciclo kármico debería comenzar con alguna especie de ritual simbólico que la sociedad no contempla, o bien lo hace de forma educativa.

El joven vivirá numerosas experiencias kármicas duras y severas, según su propia vibración kármica. Este ciclo nos habla de una iniciación espiritual hacia lo que será nuestra vida. Se caracteriza por un sentimiento de expansión. Las relaciones y el colegio son importantísimos.

Viviremos el fin de los estudios. Sin embargo, la graduación sólo tiene interés para el ego: seguimos echando en falta un ritual con mayor significado para nuestra mente y Espíritu.

Esta época también se caracteriza por una exaltación de la sexualidad, a no ser que haya sido bloqueada por alguna circunstancia dolorosa. Esta sexualidad simboliza una necesidad de salir del seno familiar. Ambos padres deben dejar de identificarse como madres y padres perfectos y pasar a verse, sencillamente, como adultos que comenten fallos. Esto puede ocasionar mucho sufrimiento, pues hay padres que se aferran egoicamente a la identificación de sí mismos como padres, impidiendo a sus hijos que maduren y evolucionen. Los padres han de concederle libertad a sus hijos para que establezcan los parámetros de sus vidas.

Parte de la crisis de esta época tiene mucho que ver con los estudios.

 

 

Desde los veintiún años hasta los veintiocho (21-28): Revolución contra el clan familiar

 

Ciclos kármicos: revolución

Ciclos kármicos: revolución

 

Esta época marca un antes y un después en la vida de cada uno de nosotros. La principal enseñanza es la de tener en consideración al prójimo. Muchas personas pueden agobiarse debido a la enorme energía de frustración que se emana durante este ciclo kármico. Es posible también que se tienda a sentir lástima de uno mismo.

Comenzamos a tomarnos muy enserio nuestras vidas. Creemos ser adultos, pero sólo al final de este ciclo pasaremos a serlo de verdad. Todas nuestras emociones, pensamientos, hábitos y conductas deben ser examinados con cautela. Esto puede ser muy conflictivo para algunas personas. Muchas otras, ni siquiera pondrán a examen sus conductas y pasarán al siguiente ciclo comportándose como lo hacían en la adolescencia. Cuanto más nos aferremos al pasado, mayor será nuestro sufrimiento.

Este ciclo se vive con gran sentimiento de aventura. Nuestro éxito o mediocridad en las etapas posteriores viene determinado completamente por cómo afrontamos este ciclo: cómo nos relacionamos (o cómo no lo hacemos), cómo nos manifestamos, si hemos madurado o no…

Un ámbito importantísimo es el sexo. Es fundamental gozar de una plenitud espiritual sexual. Llegados a este ciclo, muchas personas -la mayoría- al no conocerse realmente a sí mismas, escogen mal a sus parejas. La gran crisis de esta época es la de definirse y conocerse a sí mismo. Esto puede romper relaciones, o dar pie a empezar otras.

Asimismo, es fundamental aprender a comunicarse, sobre todo en el terreno amoroso. No hemos de posponer el desarrollo. Debemos asumir el devenir de nuestras vidas con total responsabilidad.

 

 

De los veintiocho a los treinta y cinco años (28-35): La perfección de la personalidad

 

Ciclos kármicos: adultez

Ciclos kármicos: adultez

 

Los 28 años son un punto crucial en la vida de toda persona. Saldrán a la luz las tendencias kármicas y psicológicas. A los 30 años, tenemos una oportunidad fascinante para madurar. Si el anterior ciclo ha sido superado con éxito, surgirán oportunidades en el propósito ya emprendido. Si no, deberemos comenzar otro camino.

El periodo de los 28 a los 31 años es un punto decisivo de cambio. La idea subyacente es que hemos de compartir todo lo bueno. Hasta este instante, el individuo debía forjarse su propia individualidad, pero ahora debe colaborar altruistamente con el resto. Si tenemos hijos, debemos aprender a amarlos mientras nos desapegamos.

Muchos hombres experimentan una hinchazón de su ambición profesional, infravalorando su vida personal. Las mujeres con hijos han de dejar ir a sus hijos. Esta época demanda realismo, disciplina, responsabilidad y autoconocimiento. Hemos de contribuir positivamente con algo más grande que nosotros mismos.

Los 35 años marcan otro punto de inflexión en el que se deberá replantear el camino profesional trazado hasta ese momento. Esto es fundamental, pues si uno no lucha por autoconocerse y desarrollarse integralmente como individuo… nada bueno sucederá por un largo, largo periodo.

Quizás, al mirar dentro de ti, veas que aún sigues siendo egoísta, envidioso y competitivo. Quizás comprendas que aún tienes dependencias, fobias, posesividad y, posiblemente, aún sigas siendo autodestructivo. Ahora más que nunca, estamos solos en el camino. Tú eres tu única ayuda.

 

 

De los treinta y cinco años a los cuarenta y dos (35-42): Individualidad

 

Ciclos kármicos: madurez

Ciclos kármicos: madurez

 

Este ciclo kármico es el más severo e iniciático de todos. Es el instante en el que debemos clarificar nuestros propósitos y objetivos vitales. Hemos también de purificar y perfeccionar nuestra personalidad. Realmente, no importa si llegamos a este ciclo con preparación o no, pues la vida nos forzará a cambiar. A partir de este momento, la energía comienza a emprender un ciclo descendiente que culminará con la muerte.

Los 35 años simbolizan un desarrollo de la conciencia. Sentimos que hemos llegado a la cúspide de la vida, y hemos de pararnos y reflexionar de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. Este ciclo kármico no es difícil per se. La complicación aparece porque todo aquello que hemos tratado de reprimir, se manifiesta como un desafío. La prueba de este ciclo es aprender a incluir y gobernar todo aquello que permaneció oculto por tantísimo tiempo. Es posible que algunos de nosotros lleguemos a este reto sin verdaderamente estar preparados.

 

Desapegarse de la vida

Es probable también que haya algún tipo de acontecimiento kármico en la relación amorosa o matrimonio. Esto hará posible que los dos individuos crezcan y maduren. Ambos individuos deben convertirse en personas completas y autosuficientes. Si seguimos apegados emocionalmente al otro, jamás desarrollaremos nuestra personalidad. Asimismo, debemos dejar de identificarnos con ser madres, padres, pareja, etc. Siempre podemos encontrar excusas para posponer nuestro desarrollo.

Esta época también desvela todos los sueños y esperanzas que se frustraron. Será especialmente complicado para las personas con tendencia a la tristeza y a la desilusión. Las cosas deben ser enfocadas desde otra perspectiva. El karma será muy potente en este ciclo. Es normal sentirse solo, deprimido, abatido y frustrado. Sin embargo, debe sacarse la motivación suficiente para cambiar.

 

 

Desde los cuarenta y dos hasta los cuarenta y nueve años (42-49): Un nuevo comienzo

 

Ciclos kármicos: crisis de los 40

Ciclos kármicos: crisis de los 40

 

Este ciclo ya no provoca miedo, sino una rendición ante la vida. La energía está, pues, en el interior del Ser. Es el momento propicio para dar y compartir, mientras expresamos quiénes somos realmente. Estamos convirtiéndonos en Maestros.

El reto de este ciclo es evaluar las relaciones personales y encontrarle significado. Se debe tener cuidado con los enamoramientos, pues muchas veces tratan de enmascarar un fracaso. Puede que exista gran sentimiento de confusión por no saber hacia dónde está uno yendo. Sin embargo, tarde o temprano aparecerá un propósito.

Hacia los 40 años, sentimos que el cuerpo deja de tener tanta energía como solía. Esto implica una transformación sobre cómo nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos.

Cuando el vigor del cuerpo decae, el poder del Ser brilla con más fuerza. De hecho, más vale que nos centremos en el Espíritu, pues si seguimos aferrados al cuerpo y a la materia, inevitablemente sufriremos. Necesitamos desapegarnos de todo.

 

 

De los cuarenta y nueve a los cincuenta y seis años (49-56): Responsabilidades

 

Ciclos kármicos: responsabilidades

Ciclos kármicos: responsabilidades

 

La salud cobra una importancia primordial. Es usual volcarse en la educación y aceptar -por fin- la responsabilidad de nuestras vidas. Hemos de permitirnos dar y recibir.

El cuerpo está cambiando, y debemos aprender a encarar esta transformación. Se despiertan nuevas intuiciones. Un gran desafío de este ciclo tiene que ver con desapegarse de las emociones. Habrá cambios interesantes en el ámbito profesional.  Este ciclo kármico está estrechamente relacionado con la etapa de los 21 a los 28 años. Si no se aprecia el conocimiento y experiencias de uno mismo, se caerá en la inseguridad.

Este periodo simboliza una eliminación y destrucción de lo antiguo. Todo aquello que no se transformó en la crisis de los 40, deberá hacerse ahora. La crisis psicológica y mental de los 40 se tornará ahora en crisis biológica. Es esencial cultivar en este periodo una actitud positiva.

La vida nos está empujando hacia la sabiduría. El camino hacia el envejecimiento y la madurez lo transitamos completamente solos. Las personas que recorren este ciclo han de saber que sus vidas ya no se expandirán más, sino que se contraen inexorablemente. Es necesario dedicarse tiempo y amor a uno mismo.

 

 

Desde los cincuenta y seis hasta los sesenta y tres años (56-73): El atardecer de la vida

 

Ciclos kármicos: el atardecer de la vida

Ciclos kármicos: el atardecer de la vida

 

Este ciclo kármico es igual de importante que el contenido entre los 28 y los 35. Se trata de una segunda oportunidad para enmendar nuestras taras, y reorientar nuestra personalidad y relaciones. Los padres necesitan desapegarse de sus hijos, ya no hay vuelta atrás. Todo el tiempo con el contamos, debe ser dispuesto para el bien de la Humanidad.

Si se han atravesado correctamente los anteriores ciclos, la vejez comienza a partir de los 60. Es a partir de ahora cuando debemos transitar con devoción la senda del Espíritu (sea la que sea). Cuanto más se haya separado la persona de lo “tradicional” y lo “convencional”, más probabilidades tendrá de irradiar sabiduría en este periplo.

Es importante también desarrollar fortaleza mental ante las enfermedades. Es fundamental prestar muchísima atención a la salud. Todo signo de enfermedad debe ser encarado con sabiduría. Las manecillas del reloj no pueden retroceder, hemos de buscar dentro lo que antaño buscábamos fuera.

Necesitamos prepararnos para morir, con honor y belleza. Si no se ha optado por el desapego con anterioridad, la vida nos forzará a desapegarnos, so pena de sufrir.

 

 

Desde los sesenta y tres hasta los setenta años (63-70): El vacío

 

Ciclos kármicos: el vacío

Ciclos kármicos: el vacío

 

Este ciclo ofrece la oportunidad de evolucionar inmensamente en un sentido espiritual. Es necesario enfrentarse a la vida de manera diferente. Al envejecer, ya no podemos ocultar la falta de sentido o de felicidad que hallamos tenido en nuestra vida. Lo más importante: ya no podemos ocultar este sentimiento de fracaso a nosotros mismos.

La jubilación es un punto muy importante, que puede encaminarnos hacia una vía práctica y creativa. Aunque, si la jubilación se da de forma forzada, podrán existir ciertos bloqueos.

Este periodo es, quizás, el punto de mayor inflexión. A los 63 años tiene lugar una coincidencia profundísima, pues se consuma un ciclo de 7 y de 9 años (7×9=63). Los ciclos de 9 años simbolizan, según la Astrología arquetípica, al esfuerzo personal para con el karma de la Humanidad. Así pues, los 63 años representan la unión abismal entre el karma individual y el colectivo.

 

Desde los 70 años en adelante (>70): El anochecer de la vida

 

Ciclos kármicos: el anochecer de la vida

Ciclos kármicos: el anochecer de la vida

 

Todo aquel que cuide de su salud y mantenga una actitud positiva y alegre, disfrutará de estos últimos años de vida. Las personas que se han negado a madurar mental y espiritualmente se sentirán deprimidas y muy solas.

Es esencial dedicar la vida a la perfección del Ser. Es ahora el instante en el que florecerán los frutos espirituales de toda una vida. A partir de los 77, pero sobre todo a partir de los 84, la realidad del devenir cambia drásticamente. Debe cultivarse una postura de fortaleza y alegría ante la vida. Asimismo, debe desecharse el miedo a la muerte y a la enfermedad. Si una persona encara este ciclo con miedo, su desarrollo espiritual quedará completamente bloqueado. La paz y la quietud deben hacerse las dos condiciones indispensables de este ciclo.

El miedo y la falta de preparación ante la muerte obstruye la senda espiritual. Esto provoca que la vejez sea un periodo de dependencia (emocional y física) hacia los demás y crea unas necesidades poco realistas.

En la forma en la que uno envejece se puede observar cómo se ha vivido la vida y qué se ha aprendido de ella (mucho, si la vejez es tranquila y espiritual, poco si ésta es dependiente y con miedo).

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