Cartas a un hijo “cuando ya me haya ido”

Cartas a un hijo “cuando ya me haya ido”

24/11/2017 0 Por Sara

Este artículo, que porta por nombre Cartas a un hijo: “cuando ya me haya ido”, es una adaptación de un texto de Rafael Zohler. En él. nos habla de la fugacidad y fragilidad de la vida, y nos recuerda nuestra propia muerte. Sin duda, una lectura inspiradora.

 

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✩ Palabras clave: tempus fugit, carpe diem, miedo a morir, soledad, felicidad.

 

El principio

Tarde o temprano, a todos nos llega la muerte, pero siempre llega de forma inesperada. Incluso aquel que sabe que va a morir proximamente, como un enfermo terminal, espera no fallecer hoy. No ahora, quizás mañana o en una semana, pero no hoy, no ahora…

Mi padre también murió de manera inesperada. Cuando se fue, tenía tan solo 27 años. Sí, 27, como muchos famosos que formaron parte del sonado “club de los 27”. Pero mi padre no era músico, ni artista, ni nadie famoso. El cáncer se puede gestar en todos nosotros, por muy jóvenes, ricos o famosos que seamos. Por aquel entonces, yo sólo tenía 8 años. Por suerte, murió cuando yo ya era lo suficientemente mayor como para acordarme de él el resto de mi vida. Si hubiese muerto antes, quizás no podría recordarlo.

 

Cuando ya me haya ido

Cuando ya me haya ido

 

Las cosas fueron así, supongo que porque tenían que ser así. No lo sé. Siempre lo eché de menos. Me he preguntado toda mi vida cómo hubieran sido nuestras vidas si no hubiera muerto tan joven.

 

 

Mi padre murió…

Aún puedo rememorarlo postrado en la camilla del hospital, convaleciente, rodeado de tubos y de máquinas extrañas. Nunca me dijo que podría morir pronto, la muerte se lo llevó sin más. Cuando iba a visitarlo al hospital, solíamos hacer planes futuros que sabía que me hacían mucha ilusión, imagino que para mantener la llama de la esperanza viva. El próximo año iba a ser impresionante… y sin embargo… todo cambió.

Poco tiempo después, mi madre vino corriendo al colegio a recogerme, y juntos fuimos al hospital. No sabía qué era lo que pasaba. El doctor le dijo a mi madre que mi padre había muerto y ella, inmediatamente, rompió a llorar. Aún albergaba esperanzas. Yo, sin embargo, me quedé paralizado, en shock. Me sentí profundamente decepcionado y herido, y después de lamentarme y gritar, lloré también, junto a mi madre.

No tardó en acercarse a mi una joven enfermera, con una pequeña cajita sobre las manos. Me dijo “tu papá ha escrito un montón de cartas para ti. Me pidió que te diera esta cajita y que leyeras la primera de las muchas notas. Tienes que ser fuerte”.

 

Imagen donde aparecen muchas cartas

Cartas a un hijo

 

En el sobre de la carta que tenía que leer estaba escrito “cuando ya me haya ido”. Lo abrí y comencé a leer:

 

“Querido hijo:
He de suponer que si estás leyendo esta carta, significa que he muerto. Lo siento muchísimo, nunca quise dejaros. Sabía que más tarde que pronto, iba a morir, pero no quería hacerte llorar, así que fue decisión mía no decirte nada. Aún me queda mucho por enseñarte. Es por ello que te he escrito todas estar cartas. Te pido que no las abras hasta que llegue el momento en que sientas que debas hacerlo. Este es nuestro trato.

Te amo infinitamente. Cuida de tu madre, ahora eres el hombre de la casa.

P.D.: No le he escrito nada a tu madre, pero le he dejado el coche para ella sola”.

 

 

Cartas a un hijo

Su carta llenó de alegría mi corazón, aunque apenas se podía leer pues la letra era muy caótica. Esta cajita se convirtió en mi objeto más preciado. Memoricé cada una de las palabras que podían leerse en los sobres. Sin embargo, llegó el momento en que acabé olvidándome de las cartas.

Siete años más tarde, mi madre y yo acabamos mudándonos a otra ciudad. Hubo una ocasión en que mi madre empezó a tener citas con un hombre que no me gustaba nada. Era grosero, y la trataba mal. Mi madre se merecía más que a un tío cualquiera que había conocido en una taberna. Esto mismo le dije a mi madre, y me cruzó la cara al escuchar la palabra “taberna”. Sí, lo sé, fue una bofetada bien merecida.

Con la piel de la cara aún palpitante por el golpe, recordé uno de los sobres que decía “cuando tengas la peor pelea con tu madre”. Rebusqué por todo mi dormitorio y, tras mucho escudriñar, encontré la pequeña caja. Abrí el sobre y comencé a leer:

“Ve ahora mismo a tu madre y pídele disculpas. La verdad es que ni sé qué ha pasado, ni quién tiene razón, pero déjame decirte que conozco bien a tu madre. Por favor, discúlpate. Ella es tu madre, y te dio a luz, ¿has visto alguna vez a una mujer dar a luz? es más, ella te dio a luz de manera natural porque alguien le dijo que hacerlo así podría ser mejor para el bebé. Te quiere muchísimo, pídele perdón y no dudará en perdonarte.

Te quiere, tu papá”

 

Tras leer la carta, fui a la habitación de mi madre dispuesto a disculparme. No pude impedir que las lágrimas brotaran de mis ojos y, acercándome a ella, la abracé. Fue extraño, pero pude sentir como si una pequeña parte de mi padre estuviera con nosotros en esa habitación. Mi madre  no volvió jamás a casarse con nadie. No sé por qué, pero quise pensar que mi padre fue el amor de su vida.

 

Cuando ya me haya ido

Cuando ya me haya ido

 

La siguiente carta que pude leer portaba por título “cuando pierdas la virginidad”:

“Vaya, hijo, felicidades.

No te preocupes, con el tiempo mejorará. Mi primera vez fue horrible, con una prostituta muy fea. Sinceramente, tenía miedo de que le preguntases a tu madre qué significaba la palabra “virginidad” antes de tiempo al verla escrita en el sobre.

Te quiero”.

 

Durante toda mi vida, una fracción de mi padre estuvo conmigo, acompañándome en mis buenos y malos momentos, ayudándome en todas mis dificultades. Sus palabras siempre calaron hondo en mí.

 

La carta “cuando te cases” fue un poco incómoda, pero nada que ver con la carta titulada “cuando seas padre”.

“Ahora ya puedes comprender lo que es el amor verdadero, hijo. Sé que la amas, pero en realidad, lo que suscitará tu amor de verdad será esa criaturita que tienes al lado. Desconozco si es un niño o una niña. Por favor, disfruta tu tiempo con él. El tiempo siempre va en nuestra contra, así que no desaproveches el tiempo con tus hijos. Sé un ejemplo para ellos”.

 

 

“Ella es mía”

Sin ninguna duda, la carta más profundamente dolorosa fue “cuando tu madre muera”. No me cabe la menor duda de que cuando escribió esas cuatro palabras, estaba sufriendo muchísimo. Esa carta decía:

“Ahora, ella es mía”

 

Nunca leí ninguna carta antes de tiempo (a excepción de la carta que se titulaba “si descubres que eres gay”. En esta carta, decía:

“¡Menos mal que me he muerto! No, ahora en serio, en este punto de mi vida he comprendido que gastamos demasiado tiempo y energía en cosas que no merecen la pena. No seas tonto, hijo, sé feliz”.

 

Ahora, con 85 años, me encuentro acostado sobre una camilla de hospital. El cáncer ha acabado con mi vida. Paso mis arrugados dedos por el pálido papel de la última carta que debo leer. El sobre está tan demacrado que apenas consigue leerse “cuando haya llegado tu hora”. No mentiré, tengo miedo de leer lo que pone. Todos pensamos que en realidad, tenemos más tiempo del que tenemos, pero la muerte llega certera, sin avisar. Y sé que mi muerte no tardará en llegar.

 

Cuando ya me haya ido

Cuando ya me haya ido

 

La carta dice:

“Hola, hijo. Ojalá ya seas un anciano.

Te confieso que esta es la primera carta que quiero escribirte y por alguna razón, es la más fácil de redactar. Esta carta me libera de todo el miedo y el sufrimiento de perderte. La conciencia despierta cuando percibes que tu final está cerca.

Los últimos días en el hospital, he podido pensar mucho. Bendigo mi vida, cada uno de sus días. Ha sido una vida corta, pero inmensamente feliz. He tenido la suerte de ser tu padre, y el esposo de tu madre. No puedo pedirle nada más a la vida. Esto me ha dado paz. Ahora, hijo, debes hacer lo mismo.

Mi único consejo es que no temas. Todo llega, y todo pasa.

P.S.: Te echo mucho de menos“.

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