Sobre el ego y dejar de compararse

Sobre el ego y dejar de compararse

17/01/2019 9 Por Sara

Esta entrada no voy a redactarla como las demás. Me da igual si su SEO está bien o mal, o si recibe visitas o no. Me apetece contaros algo que viví hace poco… lo vulnerables que podemos llegar a ser a veces cuando no creemos en nosotros.

La foto de portada tiene mucho que ver. La he puesto expresamente porque se ven las dos mollitas *que me traen por el camino de la amargura*. No creáis que no ha pasado por mi mente el quitarlas con Photoshop. Esas dulces y adorables mollitas se traducen en 15 kilos de más debido a un periodo bastante oscuro de ansiedad. Estoy en proceso de aceptar la posibilidad de que se queden conmigo para siempre. Supongo que son cosas de mujeres (lamentablemente).

Decidí poner por escrito esta anécdota en un cuadernito para ver si alguien se siente en sintonía con ello. La mayoría de nosotros tenemos un grave problema con la autoestima. Han sido muchos los grandes Maestros que han hablado sobre la importancia de NO COMPARARSE con los demás. Ayer mismo, antes de dormir, leía el consejo de Gurdjieff “no envidies los éxitos o bienes del prójimo”.  Sin embargo, a veces sucede que, aunque intentes no caer en ese juego, la semilla de la comparación ya ha echado raíces en la mente y en el ego.

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Os pongo en situación. Llegué de trabajar pronto y me sentí con ganas de grabar un vídeo para YouTube. Sin embargo, sentí el típico bloqueo verbal que siento siempre que trato de grabar algo o de exponerme. Bloqueo que, por cierto, tiene mucho que ver con el pánico escénico que me persigue. O yo le persigo a él, no lo tengo muy claro. Y que, de hecho, también tiene mucho que ver con la inmensa vergüenza que tengo al saber que tanto mis vecinos, como mi compañero de piso oyen cada palabra que pronuncio.

Pues bien, después de batallar irrefrenablemente contra esa penosa sensación, me puse a grabar. Total, termino de grabar, edito el vídeo y… antes de terminar de editarlo, se me pasa el pensamiento de buscar en YouTube un vídeo de una muchacha a la que hago referencia en el vídeo que grabé. Al darle a play… ya está.

 

Tremenda, absurda y egoica “bajona” la que he sentido. La semilla de la comparación no sólo ha echado raíces, sino que ha crecido el árbol entero, con frutos y madriguera de conejos incluidos. No he podido (¿o no he querido?) evitar pensar que esa mujercita es absolutamente preciosa, con todos los dones que mi ego querría y que, en definitiva, es más “todo” que yo.

Y en ese momento, estúpidamente, me he sentido terriblemente desdichada. Teniéndolo todo, pero sintiendo que no tengo nada. He sentido mucha lástima de mí misma. Es increíble hasta dónde pueden llegar las raíces de la inferioridad. Lo vulnerables que podemos llegar a ser. “Necesitamos” aparentar que somos fuertes (y felices), pero muchos estamos perdidos. Qué gracioso es el ego cuando se comporta así.

Compararnos es de las peores cosas que podemos hacer, porque siempre salimos perdiendo. Hablo de esa comparación venenosa y crítica con nosotros mismos en vez de admirar y aprender de los éxitos ajenos (que es, en definitiva, lo que deberíamos hacer). Al compararnos, acabamos sintiéndonos como miserables gusanos.

 

El único camino es cultivar una férrea fortaleza interna. Naturalmente, el vídeo que grabé y no terminé de editar va a ser devorado por la Papelera de Reciclaje de Windows.

 

Sobre el bloqueo que comentaba antes, son bastantes las veces que me veo y me he visto en el pasado en esa situación. Algo así como si las palabras danzaran en mi mente como colibríes inquietos… pero no puedo verbalizarlas. No salen. Y la verdad, es un sentimiento que frustra. Supongo que por eso siempre me ha gustado dibujar y escribir, no conozco modo mejor de expresar mi mundo interno. Probablemente tenga que ver con que de bebé me detectaran un tumor en la laringe o… será cosa de Mercurio retrógrado 🙂

Escribo esto con el único fin de hacer ver (a mí misma la primera) que hay veces que el día se tuerce rápido y al final, la vulnerabilidad acaba apareciendo. Y no pasa nada, son cosas que ocurren.

La semilla de la comparación no empezó cuando vi el vídeo de la chica, sino mucho antes, esa misma mañana, en el trabajo. Efectivamente, me “tocó” sentirme inferior, pillarme el berrinche y reflexionar.

Mientras sigamos agarrados a un ego deficiente (en mi caso, con complejo de inferioridad), sufriremos. Tanto los que nos creemos de menos, como los que se creen de más somos iguales, no hay comparación.

 

Como bien escribí el otro día en un cuaderno: “… estoy viviendo una vida apasionante, llena de pruebas excepcionales y maravillosas, GRACIAS”. Qué dolorosas y fantásticas son estas rabietas para el ego. Cómo duele, pero qué bien sientan a veces.

A veces, mirar a los ojos a los Monstruos de nuestros Laberintos (como decía Calderón de la Barca) da miedo. Al fin y al cabo, todo es miedo.

Para acabar, se me viene a la mente la frase de Segismundo cuando clamaba a los Cielos:

“y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son… aunque ninguno lo entiende”.

A medida que el ego sufre, se enrabieta y rasga sus vestiduras, se va limando, poco a poco. Hasta que, con suerte, no quede nada… o lo quede Todo.

En esta vida, nada es tan importante para sufrir. Ni siquiera nosotros mismos.